La democracia no puede construirse sobre la romantización de la violencia
Colombia no solo ha sufrido la violencia armada: ha sufrido la justificación ideológica de esa violencia. Por eso, cada vez que el país enfrenta una elección, hay una pregunta que no se puede esquivar: ¿qué tipo de relato estamos legitimando cuando votamos?
Hoy esa pregunta vuelve a la mesa con fuerza frente a las figuras de María José Pizarro y María del Mar Pizarro. No por su condición familiar —que no es un delito ni una culpa hereditaria— sino por el significado político que ellas mismas han decidido encarnar y proyectar.
Porque aquí no se trata de apellidos.
Se trata de relatos.
Superar la violencia implica romper con su justificación
Las sociedades que superan ciclos de violencia no lo hacen integrando sin crítica el discurso de los victimarios. Lo hacen rompiendo el contubernio ideológico con las estructuras que normalizaron el secuestro, el asesinato y la intimidación como herramientas políticas.
Colombia ha padecido durante décadas la acción de grupos armados como:
- el M-19,
- las FARC,
- y el ELN.
Grupos que dijeron actuar “en nombre del pueblo”, mientras arrasaban comunidades, secuestraban civiles y asesinaban sin distinción. Ese pasado no se borra con consignas, ni se redime con estética política.
El problema no es el origen, es la narrativa
Nadie elige a sus padres.
Pero sí elige qué historia contar y qué legado reivindicar.
El cuestionamiento ciudadano surge cuando una trayectoria política no toma distancia clara, ética y contundente de la violencia, sino que la envuelve en discursos edulcorados, la convierte en símbolo y la presenta como una etapa “necesaria” o “romántica” de la historia.
Ahí está el núcleo del debate.
Cuando figuras públicas:
- minimizan el daño causado por la violencia política,
- relativizan crímenes cometidos “por una causa”,
- o usan el pasado armado como capital simbólico,
no están reconciliando al país.
Están reabriendo heridas.
Representación política y responsabilidad moral
La democracia exige algo más que carisma o apellido. Exige responsabilidad histórica. Quien aspira a representar a los colombianos debe ser capaz de decir, sin ambigüedades, que ninguna causa justifica el terrorismo, que ningún proyecto político puede construirse sobre el dolor ajeno y que la violencia no se hereda como bandera.
Cuando ese deslinde no es claro, el mensaje que se envía es peligroso: que el poder puede nacer del miedo y luego legitimarse en el Congreso.
Eso no fortalece la democracia.
La debilita.
La izquierda y su deuda con la memoria
La izquierda colombiana tiene una deuda pendiente: romper definitivamente con la justificación de la violencia. No basta con hablar de paz; hay que desmarcarse sin titubeos del pasado armado que tantos muertos dejó.
Mientras se siga premiando el relato que embellece la violencia política, el país no cerrará sus ciclos de dolor. Y mientras eso ocurra, la ciudadanía tiene todo el derecho de preguntar:
¿Estamos votando por propuestas o por símbolos que normalizan la barbarie?
El voto también es un acto de memoria
Elegir no es solo marcar un tarjetón.
Es validar un relato, legitimar una historia y proyectar un futuro.
Colombia necesita líderes que construyan sobre la vida, la ley y la dignidad, no sobre la nostalgia armada ni el cinismo ideológico. La violencia no se endulza con discursos sociales ni se limpia con curules.
La pregunta queda abierta —y es necesaria—:
¿Usted respaldaría un proyecto político que no ha roto de forma clara con la justificación de la violencia?
Los leo en los comentarios.
