Colombia siempre debe hablar con Washington. El problema es cómo llega a la mesa.
Que Colombia dialogue con Estados Unidos no es opcional. Es una constante histórica, estratégica y necesaria. El problema nunca ha sido sentarse a hablar; el problema es desde dónde se llega a esa conversación.
Hoy, la pregunta es inevitable:
¿esta reunión con Estados Unidos representa un giro real en la política exterior colombiana… o es solo un intento por apagar un incendio que el propio Gobierno encendió?
Porque la relación bilateral sí se ha deteriorado, y no por casualidad.
Una relación debilitada por mensajes ambiguos y decisiones erráticas
La confianza internacional no se pierde de un día para otro. Se erosiona con mensajes contradictorios, señales confusas y políticas que no entregan resultados.
Bajo el gobierno de Gustavo Petro, Colombia ha enviado a Washington señales que generan inquietud:
- una política de “paz total” que fracasó en contener la violencia,
- una expansión visible del narcotráfico y de las economías ilegales,
- un debilitamiento de la cooperación en seguridad,
- y una narrativa internacional que no siempre coincide con los hechos en el territorio.
Estados Unidos no evalúa discursos. Evalúa resultados.
Paz sin reglas claras: el mayor punto de quiebre
Para Washington, la ecuación es simple:
seguridad + lucha contra el narcotráfico = estabilidad regional.
Cuando Colombia envía el mensaje de que negocia sin exigir condiciones claras, sin sancionar incumplimientos y sin ejercer control territorial, la lectura externa es preocupante: el Estado está cediendo espacio.
Y cuando el narcotráfico se fortalece, no es solo un problema interno. Es un problema hemisférico. Por eso, la política de “paz total” —tal como se implementó— terminó debilitando la credibilidad de Colombia ante su principal aliado.
No porque buscar la paz sea incorrecto, sino porque buscarla sin reglas ni autoridad es irresponsable.
El nombre del presidente y la desconfianza persistente
A esto se suma un factor incómodo pero real:
las controversias que persisten alrededor del presidente en escenarios internacionales. No se trata de chismes ni de ataques políticos internos; se trata de percepciones que influyen en la confianza diplomática.
En política exterior, la reputación importa.
Y hoy Colombia llega a esta reunión con más preguntas que certezas.
¿Qué debería estar sobre la mesa si el diálogo es serio?
Si esta reunión pretende ser algo más que una foto o un comunicado diplomático, debe abordar los temas centrales, sin evasivas:
- Seguridad: control territorial y fortalecimiento institucional.
- Narcotráfico: resultados concretos, no justificaciones.
- Paz: negociaciones con reglas, consecuencias y verificación.
- Cooperación: reconstrucción de confianza con hechos medibles.
Sin eso, no hay avance real.
Hay control de daños.
El diálogo no basta cuando la credibilidad está en deuda
Hablar sirve, sí.
Pero solo cuando hay credibilidad.
La diplomacia no es terapia. No está diseñada para tranquilizar culpas internas, sino para alinear intereses estratégicos. Y hoy, la mayor deuda del Gobierno colombiano con Estados Unidos no es de palabras: es de confianza.
La credibilidad se reconstruye con decisiones, no con reuniones.
Sin resultados, la reunión será solo un parche
Colombia necesita una relación sólida con Estados Unidos. Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es si este Gobierno entiende que esa relación se sostiene con coherencia, autoridad y resultados, no con gestos tardíos.
Si esta reunión no marca un punto de inflexión real en seguridad y lucha contra el narcotráfico, no cambiará nada.
Será apenas un intento por apagar un incendio que ya dejó cicatrices.
Porque en política internacional, el diálogo es importante…
pero la credibilidad lo es todo.
¿Usted cree que esta reunión representa un cambio real o solo un gesto diplomático?
Los leo en los comentarios.
